El Espíritu de la Colmena. Victor Erice. 1973

Información Técnica:
Título: El Espíritu de la Colmena.
Director: Víctor Erice.
Guión: Ángel Fernández-Santos y Víctor Erice.
Año de estreno: 1973.
Género: Inclasificable.
Fotografía: Luis Cuadrado.
Música: Luís de Pablo.
Interpretes principales: Fernando Fernán Gómez, Teresa Gimpera y las niñas Ana Torrent e Isabel Tellería.
Productor: Elías Querejeta

Está entre mis películas favoritas de todo los tiempos. Es imposible dejar de emocionarse con su profundo lirismo. Es un clásico del cine español que debería conocerse y difundirse más.

Su originalidad comienza con los títulos, donde los textos son acompañados por dibujos realizados por las dos niñas protagonistas y van definiendo desde el inicio el rol importante de estas pequeñas actrices y el clima del filme a través de la música. Melancolía e inocencia infantil.

Cuando la vi por primera vez en tiempos de su estreno, lo que recuerdo respecto a mis emociones fue una mezcla de desconcierto ante un filme que carece de un relato con una historia convencional y mi deslumbramiento por el lirismo, que me conmovió mucho. Nadie que la haya visto de niño o adolescente puede dejar de desear que esas niñas tan bonitas y sensibles que son Ana Torrent e Isabel Tellería, no fueran nuestras hermanas menores o nuestras primas. Hoy, uno puede tomar mayor distancia y con más conocimientos y experiencia sobre el visionado de películas en general, poder desmenuzar con más detalle el filme. Por ejemplo, rescatar el papel decisivo que juega la música, prácticamente presente en casi todo el filme, y de un mismo tenor. Suena a música infantil pero además transmite una profunda melancolía en su interacción con las escenas. La música es extradiegética, y se conjuga de manera armoniosa y brillante con las imágenes.
Resulta claro que Erice ha hecho una película profundamente política. En primer lugar, mediante una leyenda, nos ubica en un espacio y tiempo concretos. Se lee casi al inicio: “Un lugar de la meseta castellana hacia 1940…”. Es muy clara la indicación, estamos en el interior de España y no en cualquier época, sino apenas terminada la Guerra Civil que abarcó oficialmente el período 1936-1939, pero que se prolongó por las luchas de guerrillas rurales de origen anarquistas, hasta casi los años 50.

La carta que escribe la madre de las niñas en los minutos iniciales, para un destinatario impreciso, pone el sentimiento justo que muchos adultos deben haber sentido en aquella inmediata posguerra. ¡Leámosla!:
“Nada puede traer de vuelta los días felices que pasamos juntos. Pido a Dios por la alegría de volver a verte, siempre recé por ello, desde que nos separamos durante la guerra. Se lo sigo pidiendo ahora, en este lugar remoto, donde Fernando, las niñas y yo intentamos sobrevivir. Salvo las paredes, no queda nada de la casa. A menudo me pregunto dónde ha ido a parar todo lo que en ella guardamos. Esto no es nostalgia, resulta difícil sentir nostalgia después de lo que pasamos durante estos últimos años. Pero a veces, cuando miro a mi alrededor, y descubro tantas ausencias, tantas cosas destruidas y al mismo tiempo tanta tristeza, algo me dice que quizás con ella se fue nuestra capacidad de sentir la vida, se pierde con todo lo demás. Ni siquiera se, si esta carta va a llegar a tus manos. Las noticias que recibimos de afuera son tan pocas y confusas. Por favor, escribe pronto y que sepa que aún vives. Con todo el cariño, Teresa.”

Es destacable, la total unidad formal y coherencia del filme. Desde una mirada predominantemente infantil, matizadas por algunos pasajes donde los adultos también expresan su sentir, como en la carta transcripta antes, Erice logra transmitir todo el horror y el sufrimiento que conlleva no solo una guerra sino las posguerras, y más cuando se trata de una guerra civil, como en el caso español. Solo la inocencia infantil nos salva, en parte, de ese ambiente asfixiante.

En la iluminación, como parte de una extraordinaria labor fotográfica de Luis Cuadrado, predominan los tonos ocres y las escenas con poca luz en interiores. Esto contribuye al tono que Erice busca darle a su obra.

El paisaje es otro portagonista abrumador. Muchas escenas cruciales se juegan en exteriores y el contexto interactúa con los personajes, no son un simple decorado. Así tenemos como ejemplo las planicies interminables de la meseta castellana, los recovecos del pueblo de Hoyuelos donde está ambientado el filme, la casa abandonada en medio de la planice donde se juegan escenas dramáticas decisivas, las colmenas de Fernando, el padre, que dan lugar a una esotérica mirada filosófica de la actividad y dan título al filme. La incomunicación y distanciamiento de la pareja, ilustrado en los viajes en solitario de Fernando y Teresa, y en la escena en la cama matrimonial. La secuencia del tren arribando a la estación, con todo el rigor del invierno y la calidez a que convoca la esperanza de una carta enviada por este medio de movilidad. El extravío de Ana. En suma, un número interminable de escenas que ponen en evidencia el talento y la creatividad de Erice.
La intensa melancolía que impregna casi todas las escenas, salvo donde los chicos juegan solos. La soliradidad de Ana con los más débiles. La presencia agobiante del recuerdo de la guerra que vuelve a hacerse presente a través del fugitivo que aparece en escena y es ametrallado de noche, en una secuencia donde solo escuchamos los disparos a lo lejos. La invocación a espíritus y monstruos, sin caer en fáciles alegorías. Y a pesar de todo ello, la ternura de los padres por sus hijas en un clima social devastador.