Hace un largo tiempo que no publico aquí. No dejé de interesarme por el cine, pero perdí el ímpetu por la escritura de críticas o comentarios sobre películas.
En el blog tengo varias críticas de películas donde el protagonismo de los perros es fundamental sin necesidad de contar con poderes extraños. Me viene a la mente Umberto D, .Wendy y Lucy y El corazón de un perro
Pero hoy quiero escribir sobre mi perro y el motivo que me impulsa a escribir es el dolor. El 8 de setiembre de 2026, mi fiel amigo perruno Chipi se murió repentinamente. Trece años de amistad y compañerismo quedaron atrás. Hoy es un recuerdo doloroso.
Mi relación con los perros se remonta a mi infancia, época en la que tuve un acto de sublevación cuando mis padres quisieron sacarme y llevar a un refugio de animales a una hembra que yo había conseguido regalada por un compañero de la escuela primaria. Abandoné mi hogar y avisé que hasta que no me devolvieran la perra no retornaría. Conseguí mi objetivo y conviví con ella por ocho años. Esa primera perra fue bautizada como Pinky y vivió solo ocho años, falleciendo por la negligencia de un veterinario que la operó con instrumental quirúrgico contaminado con gérmenes de moquillo, y en parte por mi ignorancia que desconocía los efectos mortales de esa enfermedad y no la vacuné todos los años para mantener la inmunidad.
Pero volvamos a tiempos más actuales, y contemos un poco del motivo de mi congoja actual.
Chipi era un perro especial, no solo era mi amigo fiel. Su compañía me reconfortaba cada día de estos trece años que compartimos. Dentro de la casa me seguía a cada habitación donde iba, siempre quería estar junto a mi y yo lo disfrutaba. Hasta dormíamos en la misma habitación, él sobre una colchoneta que preparábamos especialmente. A veces, a pesar de su tamaño, se metía en la cama y encontraba un lugar para dormir.
En los paseos que dábamos en compañía de otros perros de la casa, dejaba su marca de perro macho orinando en cada árbol que encontraba a mano. Alguna vez leí que era mejor castrar a los machos porque después de la castración abandonaban esta costumbre. Pero esa solo puede ser la idea de una persona que no ama a sus perros: en lugar de dejarlos gozar, quieren cortar con ese goce por sadismo o comodidad.
Nunca vivió como único perro en la casa. Cuando llegó, ya estaba Odi, un macho más chico en tamaño pero más fuerte en carácter que se impuso como el líder del dúo. Chipi se adaptó enseguida a esta jerarquía y convivieron en armonía.
Compartió la casa en distintos momentos de su vida con dos hembras castradas. Con la primera, Lunga, tenía un vínculo amoroso:
Con la segunda, Milka, se relacionaba mejor jugando. Llegó a mi casa de adulta dejada por un sobrino que tuvo que irse a vivir España y no podía llevarla.
Milka y yo, cada uno a su manera, estamos ahora elaborando el duelo. Los dos perdimos a un muy querido compañero que alegró mucho de nuestros días compartidos.
Hago mías en el cierre de esta entrada las reflexiones de Neil Gaiman1 que lo expresó con mejores palabras que yo sobre este vínculo visceral entre humanos y perros:
» Estoy tan contento de haberlo conocido. Estoy tan feliz de que nos hayamos encontrado. No creo que vuelva a tener un lazo así en mi vida. Ojalá los perros vivieran más tiempo.
Kipling lo dijo mejor:
Hay suficiente tristeza en la vida
por hombres y mujeres para colmar nuestros días
Y cuando sabemos que las reservas rebosan de tristeza
¿Por qué buscamos añadir aún más?
Hermanos y hermanas les pido que reflexionen antes,
De darle su corazón a un perro, para que lo desgarre.
Podemos reflexionar todo lo que queramos. Pero el poema se llama “El poder del perro” y es un poder muy real y es, como Kipling sabía, algo bueno.
Era el mejor perro del mundo y lo voy a extrañar mucho.»
- Neil Gaiman. «El poder del perro» https://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/radar/9-8540-2013-01-20.html ↩︎

