Heart of a Dog

Heart of a Dog. Laurie Anderson. 2015

Las mejores películas son las más de difíciles de contar. Su magia hace que las palabras parezcan precarias, insuficientes o impotentes para describir toda la belleza contenida en estas obras.
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Heart of a Dog, es uno de esos casos sublimes. Anderson recurre a un conjunto de anécdotas conmovedoras, en especial referidas a la relación amorosa con su perra Lolabelle. Desde el comienzo mismo, mostrando un manejo destacado de la animación, imagina un sueño, donde su perra es parida como si fuera un bebé humano. Pocos artistas deben poder mostrar como lo hace Anderson, con tan potente emotividad el vínculo intenso que tejió con su perra, como para imaginarla igual a una hija nacida de su propio vientre.
La magia de este filme, radica en gran parte en la intercalación de anécdotas en apariencia tribiales, con citas de pensadores famosos o definiciones filosóficas enigmáticas.

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Las imágenes parecen obra de un aficionado: desenfocadas, desencuadradas, extrañas para el ojo del espectador domesticado. Anderson recurre a diferentes efectos visuales, cambiando la coloración, superponiendo imágenes, tratando otras veces de imaginar el mundo como si fuera un perro, un humano en cuatro patas, viendo todo en forma monocromática y a rás del suelo. Oliendo lo que se pone al alcance de su nariz.
Casi siempre la nitidez de las imágenes brilla por su ausencia, y pone el toque original, a través de un montaje complejo, en este patchwork que resulta en gran parte una autobiografía de la directora.

Aunque predomina un intenso lirismo, la realidad de la sociedad estadounidense se cuela en varios momentos. La evocación del 11-S y su secuela de espionaje interno y de histeria colectiva, llevan a la autora y a su perra a huir a la costa oeste y perderse en la naturaleza de California.

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Pero no solo los acontecimientos políticos de mayor trascendencia, son radiografiados por Anderson con ojo sagaz. Darnos a conocer sin pudor alguno, con naturalidad, su acción de recurrir a una especie de terapeuta para perros, que imagina tareas para sacar a Lolabelle de la depresión o la angustia, solo pueden imaginarse en una sociedad sofisticada y consumista como la de EEUU. Es que un perro tocando el piano o creando artesanías con arcilla, no para la diversión de su amo, sino para la expresión de sus emociones, son imágenes inclasificables y seguramente nunca vistas en el cine y menos retratadas como Anderson lo hace.
Hermosa película, que en su original sencillez, nos invita a reveerla para volver a gozar de la belleza y la ternura que trasunta en todo su desarrollo.

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