Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles

Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles. Chantal Akerman. Bélgica – Francia. 1975

dielmanChantal Akerman filma con una originalidad formal conmovedora. Si para Godard el travelling era una cuestión moral, para Akerman debe ser una herramienta innecesaria. Sus planos secuencias se caracterizan por una cámara inmóvil que se planta en cada ambiente a una distancia adecuada del personaje, como para verlo de cuerpo entero pero también a los detalles del espacio donde transcurre la acción. La cámara, no solo no se mueve hacia atrás o hacia adelante, sino que ni siquiera gira sobre su eje. Esto tiene una consecuencia radical sobre la mirada. Akerman demuestra una gran confianza en el poder de sus imágenes para comunicar las emociones o los sentimientos que se ponen en juego en cada escena, y entonces no necesita demasiados artificios. No hay primeros planos, porque la escena se define por estos elementos constitutivos: una cámara fija, como mirando desde la puerta, un personaje desarrollando una acción, y un espacio meticulosamente amueblado y decorado que ayuda a caracterizarlo. En ese sentido, es destacable la minuciosa decoración del departamento donde la protagonista y su hijo desarrollan gran parte de su vida. Cada mueble y cada adorno, van contribuyendo a caracterizar la vida de los personajes. Akerman demuestra la importancia que le otorga al escenario, demorando la toma de cada ambiente algunos segundos más, después que concluye la acción y que los actores dejaron el lugar. Las habitaciones entonces, parecen cobrar vida propia. Contribuye a ello la cambiante forma de iluminarlas. A veces en penumbras, unos segundos después con las luces encendidas y con todos los detalles a la vista, los espacios van constituyéndose en un personaje de la mayor importancia. En el caso del living comedor, se agrega el efecto de luces azules parpadeantes que vienen del exterior  e invaden el lugar con sus reflejos en los muebles impecablemente lustrados. La directora se las ingenia para mantener estos planos medios, aún en lugares tan estrechos como un ascensor, donde jugando con el espejo del interior de habitáculo, no deja de mantener la coherencia de las formas.


Salvo las tomas realizadas en la calle, nunca hay más de dos personajes en cada escena.

El uso de la palabra, utilizada con mesura, tiene en Akerman a una maestra de la eficiencia. Valga como ejemplo, la lectura en voz alta de la breve carta que recibe de su pariente canadiense, acción que nos permite conocer una gran cantidad de detalles de su vida presente y pasada, en pocos párrafos.

En un relato moroso, Akerman se las ingenia para introducir alguna dosis de intriga y suspenso. Cuando en una de las primeras escenas vemos a la mujer viniendo de su dormitorio en la compañía de un hombre que entrega un dinero y se retira, nos deja con la duda sobre el motivo. Cuesta imaginar que se trate de una prostituta, considerando la frialdad de su trato y la sobriedad de la vestimenta. Akerman rompe con los estereotipos y juega a despistarnos.

Hay otra escena que me pareció muy original en el registro y que a su vez ratifica la coherencia formal de la directora. Me refiero al dialogo que mantiene la protagonista desde la puerta de su departamento, con la madre del bebé. Para un director convencional, el recurso al plano y contraplano parecería una herramienta casi obligada dado el complicado lugar donde se desarrolla la conversación. Pero Akerman pone la cámara en el lugar de siempre, la deja inmóvil y acepta las consecuencias de esta decisión: uno de los personajes solo se hará presente por su voz ya que la puerta nos impide ver su rostro.

La aburrida vida de la protagonista, queda reflejada en la repetición de secuencias, incluso referidas a las rutinas más triviales: ingresar al edificio, transitar el pasillo que lleva al ascensor, ingresar al mismo y comenzar el ascenso a su departamento, se repite tres o cuatro veces, sino más, a lo largo del filme.

Si existiera un concurso de películas con finales abiertos, esta se debería llevar uno de los primeros premios. La toma final, con la mujer sentada en el living, con su mirada perdida y un rostro casi inexpresivo si no fuera por el jadeo que apenas puede contener, se extiende en una duración que crea una tensión casi insoportable y que nos obliga a los espectadores a involucrarnos con las emociones de la protagonista.

Sin duda una gran película, de una directora de la que había oído hablar, pero de la cual no conocía ninguna obra. Este filme me estimula a seguir buscando nuevos materiales de su producción.

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