Still Walking

Still Walking, de Hirokazu Koreeda, Japón, 2008

(Proyectada el 30/05/2010 en el Seminario “El ojo soberano” dirigido por Roger Koza, en la ciudad de Córdoba, Argentina)

Sin pretender agotar la infinidad de matices de este film, me resulta más accesible analizar la película a modo de un rompecabezas, exponiendo los elementos que me parecen más destacables, tanto en lo que respecta al contenido como en lo aspectos formales.

El verano:
A través de mínimos detalles, la película logra contagiarnos las sensaciones propias del verano: el goce del refrescante té helado de la abuela, el ventilador que se acomoda bien cerca de los comensales, los espirales para los mosquitos, el cielo y el mar vivamente luminosos, el viento agitando la vegetación intensamente verde, la sandía que rompen los niños, el baño de inmersión nocturno.

La relación entre los cuerpos:
Para nosotros, occidentales y latinos, resulta siempre sorprendente, que los vínculos interpersonales de cariño de los japoneses no incluyan el contacto corporal entre las personas involucradas. Hay escenas claves donde este contraste entre la forma oriental y la latina de expresarse, es más llamativa; por ejemplo, en la llegada del hijo a la casa y el encuentro con su madre, después de mucho tiempo de no verse. No hay besos, no hay abrazos, no hay gritos ni exclamaciones y sin embargo, a través de las sonrisas, la agitación de los cuerpos y las reverencias mutuas se denota la intensa felicidad del momento. Hay solo dos escenas en que las personas se tocan: cuando el abuelo dialoga en su consultorio con el nieto adoptivo y lo toma de la mano, demostrando toda la ternura de la que es capaz ese viejo cascarrabias; y cuando la abuela despide a su hijo y al resto de la familia, ¡dándoles solo la mano! El hijo de la dueña de casa y su esposa, al menos en dos escenas, aparecen a solas dialogando en un clima distendido, alegre, gozoso y sin embargo no vemos siquiera una caricia, un abrazo o un beso, pero sentimos, por lo que se dicen, por la forma en que se miran, por las mutuas sonrisas, el sincero amor que se profesan.

Las pequeñas mentiras:
¿Cómo solemos llamarlas aquí? “Mentiras piadosas”. Esas pequeñas mentiras que decimos para no herir al otro. El hijo que miente a los padres, acerca del trabajo que no tiene o acaba de perder, para no preocuparlos. El niño que miente al abuelo, que a su vez trata de convencerlo de que sea médico, cuando le dice que será afinador de pianos porque una profesora que le gusta lo es, cuando después nos enteramos, que era el oficio de su padre biológico muerto. ¡Lo paradójico es que el niño estaría cumpliendo, en cierto modo, con el sueño del abuelo, en el sentido de seguir el mismo oficio que su antecesor!

La comida:
¡Otro ritual destacable de esta película! Son numerosos y precisos los primeros planos de la comida, sobre todo en el momento en que los alimentos son cocinados por la abuela. ¡Se ven tan tentadores que dan ganas de saltar a la pantalla con un tenedor en la mano… perdón con un par de palillos! La comunión entre madre e hija mientras elaboran los diferentes platos, con la cámara yendo y viniendo de los rostros a las manos y los ingredientes que estas manipulan, son de una enorme expresividad.
Y después la mesa familiar, llena de infinidad de platos, no es otra cosa que la forma universal que tienen tantas madres de ofrendar un tributo a sus seres queridos.

El recuerdo de los muertos:
La relación tan especial que los japoneses tienen con la muerte se pone de manifiesto en varios planos.
El altar en la casa, el aroma purificador del incienso, y esa escena genial de la foto familiar en donde la abuela trae y sostiene en su mano, la foto de su hijo muerto, porque al final, como diría después la nuera hablando con su hijo, “los muertos están entre nosotros”. Esta escena me parece que tiene un acierto formal destacable: estamos viendo a alguien que saca una foto familiar que incluye a otro foto (la del hijo muerto que sostiene la abuela) que a su vez es capturada por la cámara del director, que al fin de cuentas también registra fotos (que son sino los fotogramas). ¡Así tenemos la foto de la foto de la foto!
El trance de la abuela, que cree por un momento que su hijo muerto ha vuelto transformado en mariposa.
Las dos escenas, casi calcadas, en que, primero la abuela en la tumba de su hijo, y luego el hijo que la sobrevive en la tumba de ella, refrescan las lápidas por el calor del verano.
Una película que se estrenó hace poco, y más allá de sus méritos artísticos, muestra con sumo detalle los rituales para con los muertos en Japón. Me refiero a “Final de Partida” (Okurubito, Japón, 2008)

Los planes truncos:
Pasa aquí, pasa en Japón. Tenemos muchos, esa mala costumbre de postergar indefinidamente actividades placenteras con nuestros seres queridos. ¡Después de la muerte ya no habrá más oportunidades de ver fútbol con el padre ni sacar a pasear en auto a la madre!

La apropiación de la tecnología:
Rompiendo con el estereotipo tradicional, el director nos regala una escena inolvidable: cuando la abuela le pide a su hijo que coloque su disco favorito en el viejo tocadiscos, éste se pregunta frente al aparato: ¿Cómo funcionará esta cosa? ¡Justo él que no deja de hablar por celular, se confunde un poco cuando tiene que usar un instrumento de otra época!
Y esta escena, a pesar de su brevedad, rompe con el prejuicio frecuente, acerca de la relación aparentemente problemática de los viejos con la tecnología.
Se supone, que si el tocadiscos está allí, la púa no está herrumbrada y la abuela escucha con frecuencia este disco, es porque ella o su esposo saben manejarlo. Se ve que, en última instancia, todo es un problema de épocas. Cada uno aprende a dominar el funcionamiento de los objetos con los que más tiempo convive.

Una escena prodigiosa:
Casi al final accedemos a una escena resuelta de un modo muy original. Cuando vemos en el cementerio al hijo, su esposa y al niño (ahora ya un adolescente), homenajear a la abuela muerta depositando flores y refrescando la tumba “porque hace calor”, aparece de pronto una niña, que me pareció, por unos segundos, solo una intrusa, alguien que pertenecía a otro lado, hasta que la escuchamos decir “mamá….” y Kore-eda nos regala esa amable sorpresa, nos presenta, cuando no lo esperábamos, al nuevo miembro de la familia. ¡Uno de los sueños de la abuela se hizo realidad!
¿Cómo me imagino que hubiera resuelto esta escena un director sin demasiada imaginación? Simplemente, iniciando la toma con las cuatro personas presentes en el plano, (el matrimonio y los dos niños) y haciendo que el espectador, sin demasiado esfuerzo, adivine que la familia se agrandó.

Link IMDB: http://www.imdb.com/title/tt1087578/

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