Los diálogos en el cine

Filmar un diálogo puede parecer una de las tareas mas sencillas para un cineasta. Sin embargo, debemos pensar que según sea la forma en que la comunicación verbal entre dos personas sea registrada, puede cambiar radicalmente el significado de la escena. La forma de filmarlo, lleva consigo una definición política tácita, sobre como el director mira a sus protagonistas y como nos permite que nosotros, como espectadores, podamos acceder a sus pláticas, y a través de ellas a su mundo emocional.

El método tradicional impuesto por Hollywood para filmar un diálogo y el más utilizado, es el “plano-contraplano”. Un procedimiento que nos obliga a que miremos a cada interlocutor de a uno por vez (observamos el rostro del protagonista que tiene la palabra y queda fuera de campo el otro que escucha). Es una forma de registro, en la que el director nos dice lo que debemos mirar y lo que no debemos mirar. Una especie de “dictadura” de la percepción. Contra esta  fragmentación del plano cinematográfico se han rebelado numerosos cineastas. Es cierto también, que muchos buenos directores que se desmarcan de las pautas formales impuestas por los grandes estudios,  recurren a esta forma de filmar. A veces porque la escena no permite otro tipo de registro, otras, quizás,  por simple pereza intelectual.

Entre las formas alternativas al “plano-contraplano” que buscan registrar un diálogo entre dos personas, la que a mi me parece más democrática y a la vez más rica para captar todos los matices de las palabras y los gestos, es la de visionar a los dos interlocutores en simultáneo. Y la mejor forma de hacerlo, a mi juicio, es filmarlos juntos, con cada persona sentada (o parada) una al lado de la otra. El desafío con esta decisión formal, es evitar al mismo tiempo, quitarle naturalidad a la escena. ¿Cuál sería uno de los mejores lugares imaginados para capturar en un solo plano a dos personas hablando de esta manera? Para mi, es suponerlas sentadas en un automóvil. Así, el que maneja, por la obligación de prestar atención a la ruta, debe siempre mirar al frente (si es que no quiere chocar), mientras que el acompañante suele también hablar con la mirada al frente (quizás por alguna forma inconciente de empatía con el conductor). De esa manera, como espectadores, tenemos la máxima libertad. Podemos prestar atención solo al que habla, o mirar a ambos, o concentrarnos en el rostro del que recibe el mensaje. Pero siempre la soberanía del espectador, se ejerce con más plenitud que en un diálogo tradicional, filmado con el sistema del “plano-contraplano”.

Un caso ejemplar para ilustrar estos razonamientos es la película  “Viaggio in Italia” (1954) de Roberto Rossellini.  Pues se trata de un filme que tiene varias escenas dialogadas, filmadas con esta técnica del registro, dentro del auto propiedad de los protagonistas (véase el video de más abajo). Al filmar las pláticas como lo hace Rossellini, quedan implicadas al menos dos consecuencias formales importantes: los dos protagonistas están en un plano de igualdad respecto a la disputa que mantienen. Rossellini no toma partido por ninguno de ellos, al no otorgarle ninguna preeminencia formal frente a la cámara al ser filmados en simultáneo. Incluso la leve ventaja que lleva el conductor para captar la atención del espectador, al mover el volante o realizar los cambios de velocidades, queda neutralizada, ya que marido y mujer se alternan en el manejo del vehículo (recordemos, a modo de ejemplo, que la película empieza con ella al volante para luego cederle la conducción al esposo). La otra consecuencia a destacar, es la que ya mencioné antes: la libertad del espectador para “meterse” dentro de esta disputa con total libertad, y fijar su mirada en el detalle que le merezca mayor interés y así apropiarse de la obra de una manera que no lo permitiría otra forma de filmar la misma escena. Nuestra mirada tiene una participación mucho más activa y el director nos desafía a poner en funcionamiento nuestras neuronas, de un modo que el cine convencional no lo hace. Es el momento en que la obra puede realmente ser apropiada por el espectador, quien “sube” de categoría al ser de alguna manera coautor de la película. Es la diferencia entre el cine percibido como simple distracción, al cine como verdadero arte.

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