Una vez entré en el jardín

Una vez entré en el jardín. Avi Mograbi. Israel. 2012

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Cuando se hace una película que trata sobre la realización de otra película, se habla de “puesta en abismo”. Un poco de eso hay en este filme de Mograbi. Para ser precisos

, digamos que se narra, más que la realización de un filme, el proyecto de hacerlo. Y con

este pretexto, Mograbi va desarrollando un documental que pone en el centro el problema que más le preocupa: el conflicto árabe-israelí que se arrastra desde la creación del estado de Israel, pero evitando caer en las trampas del panfleto o la bajada de línea, y recurriendo por el contrario a un discurso poético.

Mograbi, al igual que lo hacía en “Z32”, expone ante el espectador sus dudas y alternativas sobre el desarrollo del filme que está planeando, pero aquí también comparte sus intenciones con su amigo y principal protagonista. Un árabe que es ciudadano israelí y amigo de Mograbi, y que a lo largo del filme, va desgranando, entre sonrisas, sus críticas a los israelíes. Mograbi elige un estilo distendido, donde desde la primera escena, se va mostrando al espectador, la gestación del filme, que parece estar centrado en la búsqueda de información sobre sus antepasados que vivieron en Damasco, hacia 1930.

La forma expositiva que elige Mograbi, haciendo explícitos los mecanismos que se ponen en acción para la realización de un filme (él mismo aparece en numerosas escenas como protagonista y como operador de la cámara, mientras en otras secuencias vemos a su ayudante que filma y a la vez es filmado), consigue que el espectador se encuentre con un clima amigable, familiar, íntimo, logrando una gran emotividad en muchas escenas.
Un buen documental debe tener como punto de partida un tema o un personaje original. Aquí el gran protagonista, desde el primer plano secuencia, es el amigo árabe de Mograbi. Su gran histrionismo, su locuacidad y ese toque de locura que le permite arrojar a cada momento, reflexiones originales y a la vez críticas de la situación política en el Medio Oriente lo hacen entrañable.
La forma distendida de filmar, debe requerir, suponemos, un trabajo intenso y prolongado de edición. Se palpa mucha espontaneidad en las escenas, pero para evitar que sean intrascendentes, se hace necesario seleccionar los momentos relevantes, y esto es parte de la tarea de edición que Mograbi demuestra dominar. La política va emergiendo en las escenas, con frases dichas como al pasar, pero que pintan muy bien un rencor apenas disimulado, de los palestinos hacia los israelíes.
Basado en pequeñas pero significativas viñetas: un brindis con su amigo por todos los pueblos de Medio Oriente, o la degustación de ambos, frente al mar de una golosina típica de origen árabe, dejan testimonio de una convivencia posible y placentera.
El documental de Mograbi, al igual que lo han hecho otros filmes israelíes sobre el tema, pone en evidencia el contraste entre una etapa pacífica de convivencia entre árabes y judíos, antes de la creación del estado de Israel y la situación actual que se arrastra desde el primer conflicto árabe-israelí allá por 1948, apenas creado el estado judío. Hay escenas que sintetizan con maestría este hecho, como la de la hoja del almanaque que encuentra su amigo y que muestra con múltiples versiones la medición del tiempo, una para cada grupo religioso de los que existían en Siria en la época que se rememora (la década del 30 del siglo pasado).
Nuestro personaje principal es un árabe de origen palestino pero de nacionalidad israelí. Pertenece a esa minoría de árabes que quedaron dentro de los límites del estado judío cuando se creó Israel, y cuentan con la ciudadanía israelí. Estos habitantes árabes, que incluso cuentan con representación parlamentaria, no solo no olvidan sus orígenes y tradiciones, sino que hacen explícito su rencor hacia el estado de Israel.


Hay dos reflexiones del amigo árabe que quiero rescatar:
1) los judíos viven actualmente como en un ghetto, rodeados de murallas y con peligros que asechan apenas se trata de poner un pie fuera de sus límites.
2) El abuelo judío de Mograbi, viviendo en Damasco, rodeado de árabes y empapado de la cultura árabe, es un árabe consumado, solo que profesa la religión judía.
Otros temas que van surgiendo con naturalidad en el filme, es el trato de los judíos hacia esta minoría árabe, lo que queda patentizado cuando la niña cuenta que la discriminan en la escuela.
La película es también una reflexión sobre el paso del tiempo. Los estragos ocasionados por los cambios políticos, se sintetizan en la escena en que se visita el “huerto” donde vivió su infancia el amigo árabe. Este huerto, como lo llaman los árabes, son los minifundios de donde extraen parte de sus alimentos y aseguran así su supervivencia. La visita demuestra que ya no queda casi nada de lo que había en el lugar cuando fue la infancia del protagonista.
En síntesis, Mograbi logra, esta vez mediante el retrato de un personaje destacado y la exposición de un vínculo amistoso, volver a reflexionar sobre la convivencia entre árabes y judíos, yendo y viniendo del pasado al presente y problematizando por contraste, la insoportable realidad que les toca vivir en nuestros días.

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