La Ciénaga

La Ciénaga. Lucrecia Martel. Argentina. 2001

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Mecha y su esposo

La directora Lucrecia Martel, debutaba con esta película estrenada en el año 2001, que significa una crítica muy dura a los usos, costumbres e ideología de la burguesía de la provincia de Salta, en Argentina.

La mayoría de las escenas muestran situaciones de la vida cotidiana de dos familias, relacionadas por la amistad de las mujeres adultas. Ambas están casadas, aunque parecen ostentar distintos niveles socioeconómicos. Mecha, interpretada por la actriz Graciela Borges, es parte de una familia de una holgada situación económica, que se refleja en la posesión de una finca en el campo con pileta, extenso parque  y que incluye una casa amplia y varios autos a disposición de la familia. Mecha está en malas relaciones con su esposo, de nombre Gregorio, a quién desprecia pero con el que sigue conviviendo bajo el mismo techo y que todos consideran un holgazán. Este calificativo se podría aplicar también a Mecha, a quién no se ve hacer nada productivo y no es capaz de disfrutar el tiempo de ocio, si no es mirando televisión, participando en charlas intrascendentes o emborrachándose. Por su lado, Tali, interpretada por Mercedes Morán, parece pertenecer a un típico hogar pequeñoburgués, con un marido que debe trabajar duro para mantener un status de cierta importancia. Tali se desempeña como ama de casa y está a cargo de chicos pequeños. Mecha y Tali planean un viaje a Bolivia, pero el devenir de los acontecimientos, frustrará el plan de las amigas.

Martel muestra a la familia de Mecha, con graves problemas de incomunicación y escaso afecto entre sus miembros. Ya desde el comienzo se empieza a percibir el clima hostil en el que viven Mecha, su marido y sus hijos.

Sin caer nunca en el panfleto, surgen con naturalidad escenas que describen la decadencia moral, el racismo explícito y el parasitismo de la alta burguesía salteña. Martel es muy dura también  en sus cuestionamientos a la posición de las mujeres de estas familias: seres dóciles, sometidas económicamente, y poniendo en práctica una religiosidad superficial. Las muestra interesadas por nimiedades y carecen de un proyecto autónomo de vida que no sea la crianza de sus hijos y la realización de algunas tareas domésticas. Incluso, las más jóvenes, dos adolescentes muy simpáticas, no se cuestionan en absoluto su lugar en ese mundo decadente.

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Momi e Isabel

El número de personas que constituyen el personal doméstico, siempre conformado por población aborigen, es otro signo distintivo del status. En la casa de Mecha se ven dos empleadas que realizan todo el trabajo, siendo la única tarea de Mecha, dar las órdenes en cada caso. Mientras tanto, Tali encuentra ayuda en una sola chica que la auxilia con la crianza y el cuidado de los niños.
El personaje quizás más tierno y con el que el espectador sentirá mayor empatía es Momi, la hija quinceañera de Mecha, que detesta a su madre y trata infructuosamente de entablar una amistad con Isabel, la empleada doméstica que parece tener casi su misma edad, pero que es mucho más madura emocionalmente. El desamparo de Momi es conmovedor y muestra que los seres sensibles de la alta burguesía no pueden sentirse contenidos por sus familiares directos, solo preocupados por el dinero y las miserias de la vida cotidiana.

El desgano por la vida de la clase social a la que pertenece Mecha, queda reflejado en detalles mínimos. El estado de abandono de la pileta donde todos pretenden refrescarse, pero que no cumple su función porque ningún adulto se ha preocupado en años en hacer arreglar los filtros que evite que el agua se pudra, es todo un síntoma de la indolencia  hasta para con sus propias necesidades.

En esta película de Martel, al igual que en las dos siguientes, se puede hablar de la existencia de una historia, pero que no tiene los parámetros habituales del cine de Hollywood. La vida se repite en el día a día, y nada importante parece ocurrir a los personajes, salvo en el final, en una dura experiencia que Martel deja fuera de campo en cuanto a las consecuencias, pero que permite intuir al espectador, que algo grave ha ocurrido en el hogar de Tali y que quizás sea la escena más cuestionable, porque rompe con la calma intrascendente de todo el resto del filme. Por lo demás, la monotonía y la mediocridad caracterizan las existencias de ambas familias. Aquí no hay redención ni grandes transformaciones de los personajes. Todos repiten hasta el cansancio las formas pasivas de estar en el mundo.

Martel se apoya en gran medida en las actuaciones, todas soberbias, y el cuidado guión, que tiene diálogos precisos, donde los personajes pueden definir una situación con las palabras justas y los gestos apropiados.

Ningún título de un filme es inocente, pero Martel parece contar con el raro privilegio de encontrar palabras sencillas para sintetizar sus obras. La Ciénaga, no solo alude al pueblo más próximo donde buscar ayuda ante una emergencia, sino que es por extensión, el lodo donde chapotean, sin saberlo, los burgueses decantes de sus películas.

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